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12 de marzo de 2026
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El gobierno no supo manejar el cierre de FATE

El cierre de FATE expone algo más que un conflicto empresario–gremial: muestra una cuota de imprudencia política en un momento especialmente delicado. Más allá de quién tenga razón en el fondo del asunto, cuesta entender cómo el Gobierno dejó que una planta con casi mil empleados bajara la persiana justo cuando intenta empujar una reforma laboral, con sindicatos en estado de alerta y un clima económico frágil.

La política, antes que un manual de teoría económica, es administración de tiempos. Es reducir la imprevisibilidad, desactivar detonaciones evitables y evitar que un hecho puntual se convierta en un símbolo. En la Argentina, los símbolos no son decorativos: organizan el conflicto. Y una fábrica cerrada con cientos de familias afectadas es el tipo de imagen que ordena un paro, galvaniza a la CGT y vuelve “razonable” lo que en otros contextos sería discutible.

En un escenario de recesión, caída industrial y empresas recortando producción, abrir una herida de este tamaño invita a los efectos en cadena: huelgas, contagio sindical, presión parlamentaria y, de yapa, ruido en los mercados. No se trata de defender subsidios eternos ni empresas inviables. Se trata de prudencia en la transición: un país no es un laboratorio y, cuando la dinámica de los hechos se descontrola, el costo político y social suele terminar siendo mayor que el beneficio doctrinario.

Si el oficialismo quiere sostener un programa económico y una agenda de reformas, necesita algo más que convicción: necesita método. Y método, en este caso, es evitar regalarle a la oposición —y a los sindicatos— un caso perfecto para unificar reclamos, reactivar la calle y condicionar el resto de la agenda. En la Argentina, los gobiernos no caen por una idea: se complican por una secuencia de errores evitables.

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